domingo, 14 de junio de 2009

El taxista compositor. Rosa Montero

El taxista compositor y otros cabezotas
ROSA MONTERO 14/06/2009

Me acabo de enterar, con verdadero deleite, de que mi admirado Philip Glass, el famoso compositor minimalista, tuvo que trabajar de taxista hasta los 41 años para poder mantenerse, aunque para entonces ya era un músico bastante conocido. Pero una cosa es tener éxito en el pequeño círculo de los amantes de la música clásica contemporánea y otra poder ganar dinero suficiente para vivir. ¡Y era taxista en Nueva York! Quién sabe si incluso alguna vez me llevó de pasajera, siendo yo muy joven, en mi primer viaje a Estados Unidos. Me lo imagino con su perfil de pájaro loco metido en un cab amarillo rabioso y la vida me parece una vez más estupenda. Tan llena de sorpresas, tan mudable.

Esta pequeña anécdota refuerza una vez más mi convicción de que tener talento no basta para triunfar. Hace un par de meses se publicó en EL PAÍS un adelanto del libro Fueras de serie, de Malcolm Gladwell (Taurus), en donde el autor sostenía justamente esto que digo: que para alcanzar el éxito era mucho más importante la preparación que las dotes innatas. E incluso sostenía que, según los expertos, para alcanzar la maestría en algo son necesarias diez mil horas de trabajo duro. Diez mil horas de instrucción y práctica.

Yo no sé si se puede medir el esfuerzo del aprendizaje en cifras exactas y tal vez lo de las diez mil horas sea una tontería. De hecho, desconfío bastante de las fórmulas magistrales de los expertos sociólogos. Pero no cabe duda de que para hacer algo bien hace falta trabajárselo mucho. Malcolm Gladwell se refería al éxito en general, en todos los campos, desde los negocios a la carpintería; pero resulta aún más llamativo hablar de las actividades creativas, porque el tópico del artista genial sigue estando por desgracia muy arraigado. Quiero decir que muchos piensan que el artista es un ser especial al que visitan las musas todo el rato. Un individuo en perpetuo trance. Cuando, en realidad, el artista se parece mucho más al perseverante picapedrero que al iluminado. Que la inspiración te pille trabajando, como decía Picasso.

Es la vieja pregunta de si el artista nace o se hace. Supongo que ambas cosas, pero que quede claro que, desde luego, no basta con nacer. Para ser una figura del ballet no sólo hay que tener una gracia especial a la hora de moverte con la música, sino que también tienes que ser un maldito esclavo de tu oficio: machacarte cada día con los ensayos, domesticar tu cuerpo y tu cabeza, destrozarte los pies. En cuanto a la literatura, que es el terreno que mejor conozco, la experiencia me ha enseñado que el talento por sí solo no te convierte en un buen novelista. A lo largo de los años he visto perderse en la negrura, como ardientes cometas, a hombres y mujeres con espectaculares dotes narrativas que se han ido desinflando libro a libro. Porque les faltaba algo esencial: la tenacidad, la infinita disciplina, la inacabable urgencia, la capacidad de resistencia, incluso la obsesión que uno necesita para ser escritor.

Y es que no se trata sólo del tiempo de aprendizaje. No se trata sólo de esas diez mil horas de práctica que decía Malcolm Gladwell. En el arte, por lo menos, se requieren más cosas. Tesón. Confianza. Humildad y soberbia al mismo tiempo. Un claro concepto de las prioridades. Entereza para aguantar las humillaciones y las contrariedades. Y ese empeño en seguir disfrutando de lo que haces. Aquí regresamos a Philip Glass, que por lo visto (lo cuenta Carlos Fresneda en El Mundo) trabajaba doce horas al día de taxista y dedicaba las noches a componer. Hace falta estar obsesionado con la música para seguir ese régimen de vida durante años. Para no dormir y para probablemente discutir a menudo con una esposa quizá un poco harta de ocupar un lugar secundario a los compases. Pero esa es la única manera de sacar una obra adelante.

¿Diez mil horas, dice Gladwell? Me parece una cifra muy modesta: más bien varias decenas de miles. La historia de la literatura está llena de novelistas que escribieron sus libros a las cinco de la mañana y en la mesa de la cocina. De madrugada, porque luego tenían que irse a trabajar (a coger el taxi); y en la mesa de la cocina porque ni siquiera poseían un despacho propio. En fin, siempre he creído en la perseverancia como forma de vida. En el tesón como herramienta esencial para sobrevivir. Pero esto es doblemente verdadero en el terreno creativo. Todos los artistas son unos empecinados cabezotas.

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